Contando las horas

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Dos tubitos de sangre rojo muy oscuro tienen la clave. La suerte ya está echada, de aquí al jueves tensión absoluta. Menos mal que me he pintado las uñas para no mordérmelas, y del pelo no me voy a tirar, que lo tengo flojo y se me cae.

Ay, las dichosas revisiones. No termino de acostumbrarme. Y desde la muerte de mi papi, lo llevo mucho peor.

Tengo pánico a las pruebas, los resultados…no se si por primera vez tendré que tirar del Lorazepán que guardo en el armario, o, mejor, de un buen Rivera.

Aunque los mimos de la cachorra también cuentan, y me quedan horas para espachurrarla.
Confieso que me da pelín de lástima traerla, las talaveranas están felices, entretenidas, las oigo reir como hacía tiempo. Pero seguro que las deja recuerdos para unos cuantos días, y a mí una vuelta a la rutina que necesito.

La princesa del reino ha ejercido toda la semana de principal protagonista, un papel que borda. Y mis brazos han descansado tanto que ya no me despiertan por la noche. He notado no tener que cargar con el cochecito, no tener que abrir la puerta del maletero un millón de veces al día, no tener que subirla al cambiador. Rutinas tan simples como habituales, y que yo sufro haciendo y, sobre todo, sufro dándome cuenta que no hacerlo alivia el dolor.

Mientras cuento las horas, voy a seguir disfrutando del silencio y la dedicación plena a la reina del lugar. Que tengáis un soleado y casi primaveral fin de semana.

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