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¿Catarro o COVID?

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Hola de nuevo, ¿Cómo va todo por vuestro mundo?

Por el mío semana de encierro domiciliario, ahora os voy contando el por qué, teletrabajando, cachorras teleestudiando y la perra teleflipando de ver otra vez a tanta gente en casa 😉

Si seguís mi cuenta de Instagram @elclubdelassupervivientes , veríais el otro día en los stories una encuesta donde os preguntaba si, habiendo recibido quimioterapia en algún momento, os habíais contagiado de COVID. Tenía una curiosidad enorme porque, de toda la gente que tengo cerca con tratamiento recibido, nadie, por ahora, ha enfermado.

Y vuestras respuestas me siguieron creando más curiosidad:

RESPUESTA A: 8%

RESPUESTA B: 86%

RESPUESTA C: 6%

Siempre cuento en broma, sin ninguna evidencia científica, claro está, que desde la quimio soy “todoterreno”: alta tolerancia al alcohol, nada más allá de un par de catarros al año, efecto inmediato de los antibióticos…pequeñas cosas que noto que cambiaron después de los tratamientos. Y resulta que charlando, charlando con otras/os pacientes, algunas de estas pequeñas cosas se repiten en todas/os. Y con la COVID_19 no iba a ser menos. La gran mayoría de supervivientes con varias dosis de quimio en sus organismos se han ido salvando hasta ahora.

IkerJimenezdelasquimios, ven a mí y resuelve mi duda, que, por ahora, no encuentro artículos contrastados donde confirmar mi sospecha. Me voy a echar unas risas cuando le cuente esta teoría conspiratoria a mi oncóloga en la próxima revisión.

El objetivo de haceros esa pregunta era aplacar un poco mis dudas, porque el domingo empecé a moquear…yo siempre después de que alguna de las cachorras lo hagan primero, claro. Ellas, en su lozanía, asustan a los mocos en un par de días y listos, pero yo ya tengo una edad y me cuesta más.

Así que tras llamada al teléfono de mi comunidad autónoma para dudas COVID, me remitieron a mi centro de salud y, en consulta telefónica, confirman que tengo síntomas compatibles. Todo el mundo a casa (cachorra dejada en el cole una hora antes incluida) y protocolo a seguir: test de antígenos ese mismo día con respuesta en 15 minutos (NEGATIVO), consulta con la doctora que confirma que mi auscultación y saturación de oxígeno están perfectos, y PCR en 48 horas para confirmar que el antígeno no haya dado falso negativo. Todo eso se traduce en no ver la calle, ni a ningún/a otro/a humano/a en aproximadamente una semana para evitar riesgos, con la suerte de poder llamar a mi empresa y decirles que me quedo en casa teletrabajando (ni un problema, afortunada yo), con la suerte de una universitaria que ya estaba dando las clases online, y con la suerte de una de primaria que está viendo a sus amiguis a través de la pantalla durante toda la jornada escolar, dando las clases a la misma vez que ellos.

Le pregunté a la doctora si había alguna manera de poder diferenciar un simple catarro del dichoso virus, y su respuesta me encantó:

¿si no has pasado la COVID_19, cómo sabes que los síntomas que tienes son de un catarro y no del virus?

Efectivamente, yo tengo muchos mocos, mucha tos que no es seca, congestión, dolor de cabeza por la acumulación de mucosidades, incluso el día de mayor saturación ni olía ni saboreaba. Nada que no hubiera asociado en octubre de 2019 a un catarro, nada que me hubiera dejado en casa, nada que me hubiera impedido ir a trabajar, incluso contagiando a mis compañeros/as, amigos/as…..

No he tenido fiebre (nunca la tengo, es rarísimo en mí), ni dolor muscular, aunque sí fatiga y cero ganas de salir a dar mis caminatas, ni diarrea….pero por eso no puedo auto diagnosticarme y decidir por mí misma en este momento. Vamos a ser responsables y, aunque nos de una pereza inmensa el proceso, no dejemos que dr.google o dr.populacho o dr.miexperiencia nos dominen. Este año no. Este año hay que tener el triple de cuidado, que nuestras capacidades de contagio y de contagiar dan miedo.

Vamos a exigir a las empresas que cumplan (este tema da para tres libros y una etiqueta del Zara), vamos a ser agradecidos con las/os profes que lo están dando todo, vamos a pensar mucho en los mayores, vamos a dar ejemplo a los pequeños (otro tema que me encanta: exigimos a las/os adolescentes que sean responsable y normalizamos estar cuatro horas en una terraza sin mascarilla bebiendo y fumando).

En definitiva, vamos a cuidarnos, que nos queda mucho por contar.

¡Os leo!

NO ME COMPARES

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NO ME COMPARES

Hola de nuevo. ¡Que alegría volver a escribiros!

Desescalando hacia esta “nueva normalidad” impuesta por el Coronavirus, quería trasladaros mis conclusiones de sábado por la mañana, después de recibir de mi sister una canción-mensaje que me ha hecho llorar.

Mirad:

Este señor tan majete y sonriente es Pau Donés cuando anunció que tenía cáncer. Jarabe de Palo forma parte de la banda sonora de mi vida, desde la Flaca a Bonito, pasando por Cómo quieres ser mi amiga, todas están en mi lista de Amazon Music , la mía, esa que me hace cantar a gritos en el coche, o llorar, o bailar como si nadie me viera.

Y este señor tan majete, sonriente, y con otro brillo en los ojos sigue siendo Pau Donés cinco años después.

Después de secarme las lágrimas, terminar el café y reflexionar al sol, me he dado cuenta de cuántas veces caigo en infravalorarme. Me explico.

Mi edad real no es igual que la edad real en alguien que no ha pasado por un hospital de día, que no ha gastado horas enganchada/o a un gotero, que no ha tenido que ingresar por una bajada de defensas peligrosa, que no ha vomitado tanto que temía haberse roto las cuerdas vocales por la ronquera posterior, que tenía que coger cada noche el rollo de carne de la tripa para pincharse llorando por la impotencia, que no era capaz de subir cinco (cinco, sí) escalones seguidos sin notar que las piernas eran fuego, que no podía hacer la cama del tirón, y tenía que sentarse en cada esquinita como el ángel de la guarda.

Mis 46 llevan a las espaldas 8 sesiones de quimio para luchar contra un triple negativo en estadio III que venía pidiendo paso, 33 sesiones de radioterapia que invadieron pulmón y corazón porque el pecho ya estaba muy tocado, 10 quirófanos en cuatro años para quitar-reconstruir-volver a retocar-crear pezones-parir-quitar ovarios-quitar vesícula y cualquier otro resto del veneno que consiguió salvarme.

Mis años no son los 46 de otra mujer que, por suerte, no ha tenido tratamientos agresivos, ni problemas mentales por ver que su familia enfermaba casi a la vez y perdía al jefe. Ni un pecho marcado por cicatrices que, cada vez que te miras al espejo, te recuerdan que tu pecho real ya no existe, que tienes la espalda abierta de lado a lado, que vas a tener que mimar tus brazos toda tu vida si no quieres tener que luchar contra un linfedema, que hay un neuroma que, cada vez que quiere, te deja doblada por la espalda todo un fin de semana, que ya no puedes nadar, tu pasión, que hacer deporte es el doble de duro para ti, que tu cuerpo tiene un exceso de kilos que jamás se irán porque no dejaste que se recupera tras el parto, ya que corría mucha prisa quitarse los ovarios, porque eres alto riesgo y vives contra reloj.

Y tras macerar todo ésto en barrica de roble un ratito, he querido que mi autoestima, que últimamente está por las nubes, te hable al oído.

Estefanía (estefanías y estefaníos que habéis pasado por todo ésto):

Nadie con tu edad tiene tu capacidad de resiliencia, el brillo en los ojos que da el saber que cada día es un regalo, la tranquilidad de tener bien hecho el trabajo y que lo tenga que pasar te cogerá llena/o de recuerdos pegados con Loctite, que las arrugas que tienes de más en una piel machacada por los tratamientos te hacen ser mucho más interesante al sonreír, que los kilos de más o de menos no son porque no te cuides, quizá todo lo contrario, y que aprender a quererte así ha sido tu trabajo más difícil y más gratificante.

No dejes que NADIE te haga sentir inferior porque tu físico está machacado, no todo el mundo es capaz de superar lo que tú has superado. Pero, sobre todo, no dejes que tú misma/o seas quien se castigue frente al espejo. Quiérete mucho, te has convertido en tu mejor versión.

Y ahora, os dejo la canción que me ha hecho llorar esta mañana, pero con lágrimas bonitas, pensando en toda la gente a la que se la puedo dedicar, que es mucha, y poniéndola en bucle para aprenderme la letra y cantarla a voz en grito todos los días. Escucha despacito, entendiendo el mensaje tan positivo que Pau nos da. Todo un ejemplo a seguir.

Gracias, sister, por hacer tan dulce mi mañana de sábado.

¡Os leo!

Que la fuerza te acompañe

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Que la fuerza te acompañe

Hace poquito que una buena amiga ha entrado en el “lado oscuro” como cuidadora, un papel que siempre, siempre, viene sin instrucciones.

Yo me declaro mala cuidadora, no sabría ni por dónde empezar, no empatizaría para nada con el/la enfermo/a, no sabría sacar el lado positivo y, lo que es peor, no se si querría sacarlo.

Pero ella sonríe entre lágrimas, te cuenta sus penas con miedo a aburrirte, continúa (o lo intenta) con su rutina, intentando que la enfermedad que intoxica su casa no salpique fuera de ella.

Porque cuando el maldito bicho te pica, tu vida frena, pero el mundo sigue girando. Y tus amigos/as siguen mirando su ombligo, tu familia sigue celebrando la vida, las playas siguen abarrotadas, los aeropuertos siguen llenos de viajeros sonrientes, las cañas siguen saliendo igual de fresquitas del grifo, y los cafés siguen rodeados de conversaciones sin fondo. Y el enfermo está activando ese freno, concentrado al 100% en curarse, pero el/la cuidador/a no tiene acceso a esa llave: la vida  frenética lo sigue arrastrando, mientras un trocito del corazón lo deja en casa vomitando o con una quimio recién dada cuando se va al trabajo, el otro trocito, el que más disimula, se queda en el cole con sus cachorros, sus piernas tiemblan en la consulta del oncólogo y sus brazos siguen tecleando en su puesto de trabajo. Queda la cabeza, esa que ahora sólo la lleva porque va pegada al cuello, pero no está donde corresponde. Entre informe e informe su sangre se hiela porque le llaman del hospital, intenta prestar atención en esa aburrida reunión mientras calcula horas de la medicación, soporta la regañina por el último despiste mientras se escapa una lágrima que nada tiene que ver con lo laboral.

Querida Natalia, queridas natalias que estáis viviendo en el infierno: te admiro, os admiro.

Yo viví la película como protagonista, no como secundaria. Pero veo en mi madre vuestro reflejo, la cuidadora en mayúsculas, cuidando del amor de su vida y de sus tres cachorras sin descanso, con malas noticias encadenadas, de hospital en hospital, y me encantaría que fuerais testigos de las carcajadas que ahora, tras su paso por el infierno, suenan más fuertes que las nuestras.

Solo os puedo ofrecer mi fuerza, mi admiración y mi abrazo (físico o virtual, elige el que prefieras). Estáis haciendo el trabajo más difícil del mundo, y algo tan duro tiene una gran recompensa, no lo dudo.

En un día como hoy, donde se celebra el amor, nadie hará regalo más bonito que el vuestro.

¡Os leo!