Este musculito tan mono, que yo no conocía, me tiene amargada la existencia.
Y eso que el pobre no tiene la culpa. Le han mandado hacer una función que no tenía, y le está costando lo suyo.
Es una de las consecuencias de mi operación, y mi cirujano, que es un amor y tiene respuesta para todo, me explicó el jueves por qué tengo ese dolor tan punzante en la espalda, que a ratos me inmoviliza el brazo.
Os lo describiría como una contractura gigante, que recorre la espalda y te hace moverte como en los ochenta cuando intentabas hacer break dance, aunque sin ritmo alguno. Y te contorsionas, pruebas tumbada, de lado, de pie, y no consigues que se vaya.
Algunos movimientos con los brazos empiezo a notarlos torpes, me cuestan, pero ya sabía que la cirugía tenía algunas consecuencias, aunque la balanza sigue inclinada, muy inclinada, al lado positivo.
Que me duele la espalda? Pues me miro el pecho. Solución sencilla y efectiva.
Si os hablo de todo lo demás, os cuento que la pequeñita anda soltando mocos y flemas por donde va, generosa que es ella. Eso sí, te tose en la cara con una sonrisa, que es una manera mucho más agradable de ser tosido. Pero, haciendo honor a mi pertenencia al club de las malas madres, la he dejado esta mañana en la guardería tan feliz, ya sin llorar, aunque con mirada matadora.
Y el otoño empieza a imponerse, con nieblas mañaneras incluídas. Bienvenidas medias que os bajáis a vuestro propia voluntad!
Os dejo ya. Feliz semana.
Os leo!